Las representaciones del fútbol en el contexto de las violencias argentinas
Por Matias Godio * y Santiago Uliana**
   
    Como en todo espacio constituyente de la vida social, en el mundo del fútbol conviven una multiplicidad de actores con intereses y visiones. Cuando hechos violentos se hacen presentes, estos actores producen diversas interpretaciones, tanto sobre sus orígenes, causas, responsabilidades, modos de combatirla y lo más importante, sobre el estatus de sus significados. Sin embargo, sobre los modos socialmente construidos de interpretar la violencia existen dos actores privilegiados a la hora de construir sentido, digamos, “oficial” más allá de la legalidad impuesta por el Estado: los dirigentes de los clubes de fútbol y los medios de comunicación de masas. Ambos expresan en sus interpretaciones sobre la violencia -y sobre todo en el caso de los dirigentes en sus prácticas y experiencias- modos diferenciados de concebir y de intervenir sobre esta problemática. En las reflexiones que continúan se dará cuenta de la complejidad de ambas visiones en las cuales lejos de expresarse acuerdos y coincidencias se producen contradicciones, continuidades, síntesis y conflictos.
Este artículo es el resultado del diálogo entre dos investigaciones en curso. La primera, tiene como foco de la interpretación de los discursos mediáticos, específicamente radiales, dirigidos a explicar y a objetivar los hechos de violencia en el contexto del fútbol y de la sociedad argentina. La segunda se mueve en el marco de las trayectorias y representaciones de los dirigentes que actúan o actuaron en el fútbol profesional, pero hace pie en este artículo enfocando particularmente las experiencias de estos actores sociales en sus relaciones con aquellos que usualmente son identificados como protagonistas de estos “hechos violentos”: las hinchadas.
I. Sobre la interpretación del fútbol y las violencias
Los varios discursos que circulan y tienen como foco los hechos de violencia en vinculados al espectáculo futbolístico, recorren en la Argentina por lo menos dos caminos. Por un lado, es común que tanto en los medios de comunicación de masas como entre los protagonistas de la organización de los clubes se hable de violencia “en el fútbol”. Quizá sin saberlo, esta mirada parece hacerse eco de Clifford Geertz defendía como la necesidad de “estudiar en sociedades” y no “sobre ellas”. En apariencia, sus premisas serian oportunas, ya que visto así “el problema”, los significados de la violencia podrían ser interpretados más allá del contexto específico del fútbol. Por otro lado, en no pocas ocasiones se escucha hablar también de una violencia “del fútbol”. O sea, se tiende a un análisis donde la categoría “violencia” es sometida e inscripta en la naturaleza del espacio de prácticas y sociabilidad propio al espectáculo deportivo referido.
Pero ni una ni otra opción son realmente satisfactorias. La primera de las versiones, es dominante en los medios, y hace de la violencia un problema “para” el fútbol. Extrayendo causas diversas desde un exterior concibe el fútbol como un espacio fundamentalmente “limpio”, aunque desnaturalizado y maltratado por distintos actores sociales: los dirigentes “politiqueros, improvisados y cómplices”, o las hinchadas “violentas, salvajes y mercenarias”. Caen así en una explicación que hace de la sociedad -“como un todo”- la fuente de todos los males, y por supuesto, nada dice o aclara sobre la influencia concreta de los intereses que los propios medios tienen en la organización del espectáculo. Nada se dice por ejemplo, sobre la creciente manipulación de los horarios de los partidos hechos a medida de la televisión y vueltos exclusivos para una parcela privilegiada de la población con los recursos para solventar el gran negocio de la TV por cable.
Mientras tanto, hay una segunda interpretación, aparentemente opuesta a ésta y ciertamente menos común en los medios -aunque muchas veces implícita en el discurso de sus especialistas. que habla de una suerte de “regresión psicológica” (u “opio de los pueblos”), y hace encajar el discurso represivo-educativo con cierto materialismo sociológico que naturaliza al fútbol como espacio de “identidades subalternas en conflicto”, y lo cuestiona desde sus supuestos fundamentos anti-modernos de origen. En definitiva, no hace más que vehicular un desprecio por las masas por medio de una categoría pseudo analítica y nativa como “violencia” y transformarla en fuente explicativa y referente de la naturaleza de las cosas socialmente “indeseables”.
En ambas, lo que falta es el sentido de esa acción simbólica que llamamos “violencias”. Porque así como “en las sociedades” de Geertz, en las violencias operan categorías imaginarias, que son parte de una trama significante y de relaciones sociales en construcción permanente. La violencia es un medio más para inscribir en el cuerpo relaciones y procesos de identificación social muy profundos (Foucault 1995 Maffesoli, 1986). Y si ésta no tiene la entidad de un objeto de estudio autónomo, tiene si la cualidad de ser una formulación de lo posible para entender las practicas socio-culturales, porque se inscribe en las luchas políticas que la contextualizan, y porque en definitiva, es una arena que da sentido a esas disputas. Luchas en que, los clubes de fútbol, con sus emblemas y sus actores pasados y presentes, proyectan problemas tan diversos –y constituyentes de lo social- como la reciprocidad, la articulación entre sociedad política e sociedad civil, los sistemas de preeminencia, la dominación, el consenso y la crisis, el poder, el consumo, las relaciones entre interés y pasión, los mecanismos de reconocimiento y diferencia, las dinámicas de clase y status, e inclusive, las tensiones globales en el marco de construcciones “micropolíticas” como las hinchadas.
Es cierto que el dirigente traduce los discursos mediáticos aquí mencionados cuando las violencias aparecen como amenaza a su credibilidad, sin embargo, una apreciación de sus experiencias y trayectorias concreta, que incluyen tanto él como al club, hablan de lo que Sherry Ortner (2006) considera propio de las prácticas sociales y culturales de “apoderamiento” estructurados como agencia, es decir de itinerarios de ascenso de determinados sujetos o grupos hacia posiciones de poder en ciertos espacios ideológicos valorados y construidos localmente en términos de interacciones socialmente reconocibles. Sin embargo, en la nueva economía política del fútbol se producen mercancías para una nueva clase de hombres de negocios y se busca que los dirigentes sean “cada vez mas extraños a vida local” (Bromberger 2001). La elitización del acceso a un estadio cada vez más “higienizado” de un estado militancia, la estetización mediática de los papeles de los distintos protagonistas (Kumar 2004), la incesante migración de jugadores entre países y su impacto en la construcción de un imaginario global sobre las identidades nacionales (Rial 2006), hablan de una dialéctica histórica en que la vida polifónica del estadio, reaparece configurada como percepción fragmentada y restringida espacialmente, y, donde especialmente los jugadores, y ya no las hinchadas o los propios dirigentes, son los representantes –como “especialistas”- de una mayoría ahora silenciosa: los nuevos consumidores de identidades.
En la Argentina, como todo el planeta, esta pretendida “evolución” del fútbol está asociada con la búsqueda por la estandardización de los padrones de público “deseables y limpios”, de las reglas del juego y de los modos de administración de los clubes y equipos, y se ha visto fuertemente marcada tanto por el discurso economicista como por el de la seguridad. En lo que se refiere al espectáculo, durante por lo menos más de una década a la fecha, la FIFA ha venido proponiendo y presionado por medidas y recomendaciones sobre como deben organizarse los partidos de fútbol de las ligas locales. Aspectos que van desde la reducción de la capacidad de los estadios, hasta la prohibición de jugar en los viejos estadios de tablones de madera, pasando por la imposibilidad de que los espectadores puedan observar los encuentros de fútbol parados se destacan entre otras medidas. En cuanto a la organización del evento, la tendencia consiste en la transformación del fútbol en una espacio de control y disciplinamiento, que resultaría funcionalmente atravesado por la lógica del mercado y el consumo. Aparece la cuestión de la violencia en el fútbol como un “problema” a ser “combatido” y “extirpado”, en tanto componente fuertemente arraigado en la cultura futbolística local, representa para quienes estructuran y explotan el fútbol como proyecto global un obstáculo a la cooptación de sus adeptos. Las reiteradas situaciones de violencia dentro o alrededor de los estadios argentinos es un tema verdaderamente complejo que obedece sin dudas a múltiples aristas, pero que resulta hoy cada vez más incompatible con los cánones del fútbol espectáculo.
En los últimos años, la relación entre las dirigencias y las “hinchadas” dentro y fuera de los estadios ha adquirido un relieve especial en los dos grandes clubes del fútbol argentino. Las llamadas “barras bravas” (también “hinchadas”), son formaciones dinámicas de sociabilidad arragaidas en dimensiones culturales como género y poder (Garriga 2005), y en la argentina no poseen una institucionalidad clara (no deben se confundidas por ejemplo con las “torcidas organizadas” brasileras), y son vistas por os medios como el verdadero obstáculo a la “evolución” fútbol local. Todos los fines de semana, en una gran parte de los partidos de fútbol estos grupos protagonizan enfrentamientos de variada intensidad con otras hinchadas, ataques a la policía y a los ómnibus de los equipos contrarios, e, inclusive a los jugadores y dirigentes se sus propios clubes.
Es en este contexto que la oposición futbolística tradicional entre River Plate y Boca Juniors, se ha extendido hoy al territorio de los “modelos institucionales”, llegando inclusive a penetrar en el resto de los clubes argentinos. Mientras que lo que llamaremos el “modelo Boca” se ha transformado en una empresa “eficiente” de facto a partir del ascenso de un importante empresario, el “modelo River” ha visto profundizar su estado “deliberativo” de la mano de un abogado. Esto no seria una novedad, ya que ambos estilos de dirigencia se acomodan a su tradicionalismo mítico: Boca, personalista, popular, pero innovador, y River, participativo, de clase media, pero conservador. Sin embargo, en el plano deportivo, Boca, ha obtenido innumerables triunfos en los últimos diez años, lo que ha llevado a la opinión pública a declarar el “éxito indiscutido de un modelo de gestión moderno”. Y entre esos éxitos, está, por supuesto, la desaparición paulatina de las barras bravas en el centro del escenario futbolístico de la Bombonera, su mítico estadio-templo. En el caso de River, a una gran inestabilidad deportiva transformada en fracaso por los sucesivos triunfos de Boca, y reafirmando por su dinámica democrática, se le ha sumado la visibilidad de grupos de barra brava han tenido una magnificación en los últimos años, llegando al punto de protagonizar muertes en su interior y disputas territoriales con choques físicos constantes por el control de sus posiciones de poder. Se hace evidente una colisión de la estructura histórica de rivalidades en la que el fútbol inscribe precisamente su “productividad cultural” con el discurso dominante en los medios que tiene como eje la violencia.
Los cánticos, banderas y formas de vivir el fútbol de las hinchadas, con particular síntesis en las “barras” de hinchas en la Argentina expresan hechos simbólicos recargados de significación, que hacen a la configuración histórica del fútbol un espacio polifónico, donde se produce un diálogo permanente entre hinchas, dirigentes, jugadores y entrenadores. Esto se produce en un contexto histórico, que como bien sostiene Jonathan Friedman (2001), las identidades y la cultura local adquieren un carácter de notable centralidad, debido en parte al avance del capitalismo global que ha socavado el peso material de los viejos estados nacionales como estructuras unificadoras y articuladoras de las experiencias humanas y la cultura . En este modelo, el club y el emblema están mediatizados, y tienden a la unificación de un tipo ideal de espectador bajo las premisas del formato televisivo. El resultado a primera vista, es un ablandamiento del deep play qua caracterizó al fútbol en el siglo XX.
Por lo tanto, no parece conveniente ver las violencias como una contracara de lo que Simmel (2002) llamaba la “sociabilidad pura”, una “forma lúdica da asociación”, donde la interacción entre los individuos es la única finalidad, y cuja substancia “prescinde de la fricción de las relaciones de la vida real”. En este sentido, el discurso de los medios y el de Simmel parecen acercarse en un plano de ingenuidad notable. En el fútbol, la muerte y la amenaza solicitan de él una mise-en-scene como metáfora que substituya la política “civilizada (amenazando con la eliminación del otro), y ritualmente, en el espectáculo futbolístico, está implícita como virtualidad absoluta, y por lo tanto, como “posible”. Es otro registro. Se tratará entonces, como bien se ha hecho en los estudios sobre las hinchadas en el fútbol, de esforzarnos por incorporar otros actores y protagonistas, como los dirigentes y los medios, para entender la dimensión práctica en que este proceso tiene lugar realmente. O, en otros términos, aproximarnos al los sentidos de las violencias argentinas en una relación directa y experiencial entre las formas públicas, económicas y la dinámica de las emociones que moviliza el fútbol. Esto, teniendo en cuenta el contexto globalizador que se revela fundado en una “transtradicionalización” de prácticas y creencias, y no a la inversa, como los medios insisten en explicarnos el “problema de la violencia”.
¿Habrá que hablar entonces “del fútbol en las violencias”? O como dicen Marcus y Fischer (2000), habrá que intentar “interpretar los papeles complejos de los sistemas ideológicos y culturales de creencias en relación con un sistema de economía política” en el que las violencias inscriben su productividad socio-cultural.
II. La relación entre fútbol y violencia como es hablada en los medios radiales
En tiempos de declinación y crisis de la figura del Estado Nacional como actor privilegiado en la producción de sentido, los medios de comunicación masivos han venido conquistando espacios y desempeñando una función ciertamente análoga y efectiva en relación a ello. En el asunto que nos compete, las violencias y el fútbol, no resulta para nada menor la injerencia de los medios en la configuración de los significados que para la sociedad expresa tal problemática. Al respecto, en el mundo del fútbol, y pese encontrarnos en un tiempo donde la TV e internet asumen una importancia notable, la radio continúa siendo un medio de comunicación de suma trascendencia para el ambiente, porque las transmisiones de los partidos de fútbol y los programas dedicados al deporte emitidos diariamente en las radios concentran gran audiencia e importancia para el hincha de fútbol en Argentina. Los discursos que tematizan las violencias y fútbol en los programas de radio constituyen en términos antropológicos una visión nativa sobre la cuestión, son los modos bajo los cuales una parte de la sociedad aporta, en palabras de Giddens (1976), reflexividad al asunto que tiene una “tendencia hegemónica”, y estos discursos circulan de boca en boca con independencia de los actores que los enuncian.
Ahora bien, como todo aspecto de vida social los discursos sobre “la violencia” son construcciones históricas que conjugan ideas provenientes de otros campos y que han sido pensadas en otros contextos, pera ser retomadas, reinterpretadas y resignificadas en un nuevo territorio simbólico, el del fútbol, y por otros actores que sostienen a partir de ellas sus propias luchas. Esta lectura que realizan los medios imprime esencialmente una carga peyorativa a la conceptualización de ciertas prácticas de las hinchadas, que se sintetiza en la idea de “violencia” como algo negativo, por su carácter destructivo y como lo apuesto a la razón. Estas ideas sobre la violencia “de los otros” producen un efecto de negación de las prácticas de las hinchadas, que tiende a desconocer toda la historia que las antecede y el marco de las cuales deben ser leídas para ser comprendidas cabalmente.
La cooptación del fútbol por el mercado y su consiguiente mercantilización requiere consumidores y no hinchas, es decir sujetos que se comporten más parecidos a un espectador de cine que compra su entrada, se sienta, toma bebidas y se retira cuando el film termina. Por su parte, los medios de comunicación juegan un rol crucial para llevar adelante esta transformación, donde la puesta en circulación de ciertas ideas sobre la violencia son herramientas decisivas, ya que apuntan a construir un sentido que desestabilice hábitos y prácticas de las hinchadas de fútbol en la medida en que genera una opinión negativa en la opinión pública.
Si entonces la hinchada estorba al proyecto del fútbol global, y es combatida, la pregunta es ¿cómo?. La respuesta incluye dos argumentos centrales. Por un lado, el material, que refiere a medidas concretas de organizar sus prácticas que incluyen sobre todo el reordenamiento del espacio del estadio, por ejemplo la reducción de la capacidad de espectadores, abonos masivos, restricciones para ingresar banderas y pirotecnia, entre otros. El otro elemento clave para este reordenamiento son las acciones simbólicas, es decir, la palabra. Lo que se dice sobre las hinchadas y sus modos violentos es parte de una estrategia más amplio del mercado. En relación a ello, Michel Foucault (1995) nos proporciona algunas pistas de cómo pensar este proceso de “ingeniería social”. Para el autor francés la modernidad esconde bajo su apariencia pacifica y racional, la sangre de las batallas, la asimetría del orden y la injusticia de la justicia de unos sobre otros. En este sentido los medios de comunicación difunden un discurso en apariencia neutro y objetivo sobre las hinchadas, y las demoniza, porque trabaja el aspecto moral referido a las buenas costumbres propio del sentido común. En el discurso de la radio sobre la violencia en los estadios, las hinchadas son enfermadas, criminalizadas, vandalizadas e irracionalizadas. Ese discurso es bien complejo, y un mismo hecho de violencia puede ser construido como negativo desde distintos argumentos, un hincha que se pelea en una cancha puede ser a la vez un criminal y un enfermo mental.
Hacia fines del mes de febrero del 2007 se registraron una serie de enfrentamiento entre la hinchada de River Plate. El grupo tradicionalmente conocido como los “borrachos del tablón” protagonizó una pelea entre dos facciones de la hinchada. Una pelea que se desató en las instalaciones del club unas horas antes de comenzar el 1º partido del campeonato Clausura 2007, y fue bautizada por los medios de comunicación como la “batalla de los quinchos”, por el lugar del club en donde ocurrieron los acontecimientos. Sobre aquellos sucesos la radio tuvo mucho para decir, un conjunto de reflexiones y juicios de los cuales algunos serán reproducidos a continuación.
En primer término, la “batalla de los quinchos” fue interpretada bajo criterios médico/biológicos que catalogaban a quienes la protagonizaron de “enfermos”. Nuevamente recurriremos a Michel Foucault, quien analizó la emergencia histórica del saber médico desde la perspectiva del poder en la modernidad. Foucault considera que la medicina moderna se desarrolla como un discurso cuya función social consistía en reforzar desde la legitimidad científica el nuevo orden burgués. La fuerza política del saber médico se implementó con fines de preservación social a partir de la categorización del par conceptual normal/patológico como criterio legitimador de políticas de intervención social. La construcción discursiva de la figura del otro como un enfermo, operó como un mecanismo legitimador de prácticas médicas de intervención destinadas a modificar a los supuestos “insanos”, quienes mediante tratamientos médicos fueron “reencausados” a una supuesta normalidad. Relatos como el expuesto a continuación de alguna manera se han hecho eco de los discursos médicos, cuando sostienen que los hechos de violencia en los estadios están protagonizados por “gente enferma”.
“La violencia está instalada en la sociedad argentina, no nos olvidemos de todos los hechos de violencia que suceden a diario porque somos una sociedad enferma y violenta. Estas personas están, ba!... personas por llamarlos de alguna manera, están enfermos y vienen a contaminar al ambiente del fútbol.”
Esta interpretación se construye de acuerdo a una discursividad ligada a criterios médicos, y su argumento central conduce hacia una negación de la existencia de otras formas de sociabilidad propias de una cultura particular como la de las hinchadas de fútbol. Al decirse que los hinchas “son violentos porque están enfermos”, resulta por demás claro el tratamiento que merecen, para la cura está el hospital y el tratamiento médico, la internación, es decir el alejamiento para aislar a los sanos del contagio.
En la visión de Burgos y Brunet (2000) refiriéndose los discursos que expresan los cantos de las hinchadas en la cancha, sostienen que los emergentes de las voces colectivas de las tribunas se vinculan con contenidos ideológicos que están presentes en nuestra sociedad. De modo análogo, se afirma que las construcciones discursivas sobre la violencia hechas desde la radio también establecen relaciones con otros discursos de fuerte contenido ideológico que circulan sobre la violencia que se sucede en el afuera del mundo del fútbol. Esto sucede cuando un oyente de la radio La Red deja el siguiente mensaje en el contestador automático para dar una opinión sobre los hechos de River:
“Mientras estos enfermos continúen en las canchas el problema no tiene solución, porque éstos (la hinchada) vienen de afuera, no son hinchas, el fútbol no les interesa, ni quieren al equipo.”
El anterior comentario del oyente habilita a pensar sobre la existencia de una relación causal directa entre “enfermedad de la sociedad” y la “enfermedad del fútbol”. Fue un argumento muy común el que esgrimía que el fútbol es un emergente social y resulta lógico que si el afuera está enfermo también lo este el adentro. Una suerte de teoría nativa sobre el contagio. Otras voces, en este caso la de un periodista que también opinaba sobre la pelea de la hinchada de River nos confirma la fortaleza de la relación entre el afuera y el adentro;
“(...) es un problema grave que no se soluciona con limitar la capacidad de los estadios, porque ellos limitan el problema adentro pero el problema se genera afuera, en la calle hay muchos quilombos insoportables, no se puede ir a la cancha por lo que ocurre afuera no adentro.”
La idea de contagio es otra palabra que remite a cuestiones médicas y es usada para entender el por qué de tanta violencia en el fútbol. Cuando aparece la cuestión de una violencia contagiosa o contagiada, es posible leer como las voces colectivas de la radio construyen una supuesta enfermedad al enjuiciar el tema de la violencia como consecuencia de algo que funciona mal porque está enfermo;
“(...) la violencia en el fútbol es una contagiosa violencia”. Aquí aparece nuevamente con fuerza la relación con el afuera, con la sociedad que es la que está enferma y contagia al fútbol.
Por otra parte, otra de las interpretaciones mediáticas sobre los sucesos de River que giraron en torno a otro modo de entender la violencia, se emparenta fuertemente con el discurso médico antes mencionado, y lo llamaremos “evolutivo”. En un sentido más general las ideas evolucionistas provenientes del discurso de la biología acuñadas por el célebre biólogo Charles Darwin durante el siglo XIX, han realizado un verdadero tránsito por distintos campos, llegando a constituir una forma de entender el mundo que ha sobrepasado por lejos su objeto inicial, la naturaleza. En este sentido, no son para nada pocas las interpretaciones del fenómeno de la violencia en el fútbol que recurren a argumentos evolucionistas. En este registro se observaron voces como:
“Son más o menos cincuenta vándalos los que hacen desmanes en las tribunas, porque no se saben comportar. Se pelean como se pelearon el otro día en los quinchos de River, como salvajes, como bestias, son animales, va! es un insulto para los pobres animales, estos salvajes directamente”.
Este tipo de discursos de factura evolucionista produce claramente una visón que interpreta a los hechos de violencia en las hinchadas como hechos vaciados de todo tipo de significación, es una violencia sin sentido, porque históricamente lo bárbaro ha sido lo sin razón, y se encuentra un par de escalones por debajo de la “buena sociedad” civilizada y racional. Las hinchadas cometen hechos de violencia por la violencia misma, porque precisamente son “bárbaros”, “vándalos” y “salvajes” que no saben vivir en sociedad, responden a otros patrones de sociabilidad o más bien representan la no-sociabilidad, están “atrasados”. Esta última clasificación de “lo uno y lo otro” en la escala civilizatoria tiene en la historia argentina una vitalidad política indisociable de los procesos políticos todavía hoy en marcha. Y el fútbol, en esta perspectiva, tiende a ser pensado como responsable de “despertar estas pasiones.
A pesar de esto, el espacio radial conserva una virtud por encima del televisivo. Digamos que en los términos de Gramsci, la radio es todavía un “trinchera” en el que los discursos son discursos, mientras que la televisión se ha visto colonizada por las vacías y repetitivas entrevistas del pos-partido. La voz de la radio todo lo amplifica y la realidad del fútbol se vive por los hinchas en sus emisoras y sus programas predilectos, dónde circulan voces tan disímiles como las de periodistas, dirigentes, funcionarios estatales, jueces, directores técnicos y hasta los propios hinchas, todos ellos hablan sobre violencia y colaboran en la construcción de una reflexión colectiva sobre ella. Más allá que haya sido la radio quien abrió los caminos para la presencia global de fútbol, ella conserva todavía el áurea de ser un espacio invisible donde el fútbol es el objeto de una charla de café (Claussen 2004). Y más allá de sus vínculos comerciales con las grandes empresas televisivas, ella mantiene una cierta vitalidad anclada en el anonimato y en la necesidad de explotar al máximo sus condiciones técnicas de comunicación, es decir, seducir al público en el plano único de los discursos, y por lo tanto, de su “diversidad”.
En el campo de las violencias sobre todo, el tiempo mediático de la radio, expresa un “tiempo cotidiano de la nación” tal como José Neves (2004) piensa el papel de los diarios deportivos con relación a la construcción reflexiva de la nacionalidad portuguesa. En la radio, y por medio de cuya entidad “publica”, los miembros de una sociedad discuten sobre elementos de su propia identidad, y por medio de éstos, situándose en la relación entre violencia y fútbol, le permiten identificar los elementos constituyentes de una comunidad imaginada (enferma, salvaje, anómica, etc). Precisamente, por estar estos discursos atravesados por un contexto de intereses materiales y simbólicos de diversas ordenes sociales y culturales, las tendencias dominantes aquí identificadas en los discursos vehiculados por la radio son operaciones estructurante que hoy aparecen en la Argentina como peligrosos y marginalizantes de ciertos sectores sociales que son emergentes de la argentina de los años ´90. Casi siempre construidos por un protagonista oficializado, y por un antagonista en las penumbras de lo social, produce imágenes que contribuyen intensificar la sensación de peligro, miedo e inseguridad, haciendo de sus explicaciones “en el fútbol” una metáfora para toda una sociedad que tiende cada vez menos a ver el problema de las desigualdades sociales crecientes. Al mismo tiempo, la inseguridad hace permanentemente resonancia en los medios con el orden global, donde el obscurecimiento de la historia, hace de la inseguridad una justificación para el orden y el disciplinamiento.
III. La relación entre fútbol y violencia como es vivida en el cargo dirigencial
Lo que hay que entender es que las consecuencias de la exclusión de las llamadas “hinchadas” y de los potenciales o efectivos “violentos”, bajo cualquier de los discursos radiales mencionados, es una desarticulación de los vínculos de la experiencia futbolística con la realidad misma. A su vez, la construcción imaginaria de lo defensores modernistas de un ritual soft que la aplacaría -ahora de consumidores- tiene como telón de fondo en la ilusión del mercado y del laissez faire, donde “todos somos potencialmente iguales concurrentes”, y podemos hoy estar aquí o allá, en la popular hoy, pero mañana en la platea.
El modelo de explotación global del fútbol hace pie en la higienización del estadio, e incluye cambios en los aspectos técnicos, estéticos, tácticos, físicos y disciplinarios (Kumar 2004). Estos “cambios”, según la perspectiva dominante, serían proyectados de dentro hacia fuera del espectáculo. Muchas veces explícitamente, en la Argentina, la demanda mediática por estas acciones modernizadoras van acompañadas de la afirmación recurrente de un “un país que retrocede, mientras el mundo avanza”. La conclusión a que se llega es a la “necesidad” de un fortalecimiento de la lógica del mercado y la rápida promulgación de medidas que transformen al hincha en “buen espectador” y al dirigente en “buen profesional”. Esta “necesidad” es fundamentada en una suerte de empirismo histórico que ve el fútbol como un proceso en evolución, y en otras palabras, significa la transformación de las solicitudes de valores éticos a los protagonista del “juego jugado” para la aplicación de habilidades de maniobra comercial que sean capaces de “ver en los bastidores” del espectáculo de consumo. Su expresión en la dirección de los clubes, es lo que Bromberger (1995) denomina el pasaje del “paternalismo autoritario para el management descontraído.”
Sin embargo, a pesar de tener como resultado es un discurso fuertemente fabricado “para” los medios, pero también “filtrado” por una red de significados producidos a nivel de diversas prácticas clubísticas de los propios dirigentes. Esas prácticas tienen lugar en un espacio social configurado por una historia de lucha ideológica en el que el emblema-institución inscribe sus vivencias pasadas, presentes y futuras, y en el que también hay una historia de la conducción. Sin duda, las representaciones que se hacen los dirigentes en el fútbol sobre la violencia, como también sobre otros temas vinculados con esta actividad, se fabrica en diálogo con los medios de comunicación de masas. Pero, esa “fabricación”, se presenta realmente como “mediática” más en términos de su tonalidad, de su forma o de sus “problemas”. Pero, mucho menos, quizá, lo hace en el sentido de la “problemática” en la que se ven a veces estructurados por el diálogo con esos interlocutores.
“Es una negociación, ninguna duda. Como negociamos con el técnico, como negociamos con los jugadores, es todo una negociación. Por eso el dirigente, forma… esa “cuarta pata” que también es importante. De acuerdo como lo maneje… si se pone en rígido y rompe todas las estructuras se cae todo, la mesa se cae. Si se pelea con los jugadores, si se pelea con los socios, si se pelea con la hinchada, se pelea con el técnico. Es el que trata de armonizar todas esas situaciones que están ahí…” (ex-presidente de un club de primera división en la década del ´90)
La experiencia relatada por este importante ex-dirigente hace hincapié en el imperativo de un orden mediador que tendría su papel. Un papel que se auto-produce como “comprensivo”, y a la vez presionado para “hacer entrar” todos los elementos que componen el juego dentro del rectángulo de juego. Asegurar, la entidad política de la hinchada es asegurar un punto de referencia medianamente sólido para el diálogo con un espacio esencialmente polifónico. Porque, ciertamente, el papel central de un dirigente de fútbol es el de director de estrategias de organización del trabajo y del espectáculo en los clubes, pero también es el de gerenciador de modalidades específicas de producción de identidades típicamente urbanas y de representaciones colectivas históricamente estructuradas y encarnadas por las instituciones que gobiernan. Instituciones que, generalmente configuradas por una rivalidad de oposiciones complementarias, son parte de proceso de “invención de la tradición” o “etnogénesis” cultural, tal como concibe Marshall Sahlins (2005). Por lo tanto, las violencias potenciales, no son vistas como “un problema”, sino como un elemento central que participa de la lógica del cargo de responsabilidad civil que el club representa.
La siguiente experiencia tiene como narrador un ex-presidente con una vasta trayectoria en instituciones de “bien publico”: asociaciones profesionales, clubes de barrio y otras organizaciones civiles. En la época en que narra este episodio era candidato en las elecciones del club.
“Entonces, digo “bueno, me tenés que conectar con los que manejan…”, cuatro o cinco tipos. Porque yo quería ser Presidente, pero no para “la techada” y que toda la tribuna me “puteara”. Entonces bueno, le expliqué, por qué yo estaba de candidato, qué es lo que pensábamos hacer y cuál era el papel de ellos, y cuál era el papel mío, cuál era el lugar de ellos y cual era el mío. “Está clarísimo, es la primer vez que nos hablan, la primera vez que nos toman en cuenta”. Dijeron. “Está bien, pero en la presidencia dentro del club estoy yo. Ustedes en la tribuna, lo que quieran. El día que me necesiten a mi, me llaman a mi. El día que yo tenga que hablar con ustedes, hablo con ustedes…” “Si fenómeno…” Al otro día, partido en la cancha de Estudiantes, toda la tribuna coreaba mi nombre” (ex-presidente de un club de primera división en la década del ´80)
El fútbol argentino está fuertemente marcado por el anclaje civil de los clubes, eso no es una novedad. Y es en ese contexto que se otorga al evento espectacular referido, un lugar privilegiado a la relación entre la platea y la popular del emblema-club, al cual la tribuna popular lo identifica coreando su nombre. La relación que allí se genera remite al doble espacio crítico antes mencionado, y ayuda a entender a nivel de las prácticas el papel de las hinchadas en el fútbol a los ojos de cierto tipo de dirigente.
Justamente, remite un tipo de dirigente que es objeto de la crítica mediática por “utilizar a las hinchadas en beneficio propio”. Pero lo que constata la experiencia relatada es que el carácter de “hombre de estado” no surge porque mantiene una relación directa con la formación política Estado, sino porque busca transformar la amenaza –eso significa “ser puteado”- en una “cuestión que pertenece a la representación” política del club, en definitiva al lazo social a ser (re)creado, es decir, simbolizado.
La presencia de la ”techada” -la platea de socios- como el espacio que le seria natural a ese dirigente, viene a traer una cuestión algo más compleja de analizar aquí, porque se refiere a una modalidad de pensar la identidad política del club y de su liderazgo: la posición de sujetos “influyentes” y potencialmente representativos supone su transformación en competidores al cargo. Es muy común que durante un juego, al verificar cantos y actitudes adversas de la hinchada, si el descontento “llega” a los socios se haga manifiesta una crisis de poder institucional. Pero la existencia de esta “polifonía institucional” es asegurada a nivel del poder dirigencial por las prácticas de circulación de cargos y de crisis institucional recurrente. Se puede afirmar que acontecimiento de la performance futbolística abre un vacío, una reiteración de instantes críticos e inesperados en que la organización de las relaciones de prestigio y preeminencia se colocan en riesgo allí para poder ser solicitadas nuevamente a nivel del club-institución. La “violencia” implícita en la amenaza de la hinchada, además de ser una forma de sociabilidad entre grupos de estatus, es una amenaza político-ritual propia de ese territorio critico de doble entrada. Aquello que asegura la unidad de una platea “critica”, es precisamente, la hinchada.
Porque para el caso de este dirigente, por un lado, está la comunidad imaginada, la idea de un oikos originario donde se funden las pasiones de un emblema como un todo. Por otro lado, está la sociedad, de intereses comunes y de lógicas de intercambios reguladas por un orden jurídico, el club propiamente dicho. Estos son los campos comunicativos en los que el dirigente cree que debe actuar. El primero, asociado con la obligación de organizar las piezas del espectáculo de tal forma que el emblema diga: “vencer respetando nuestro estilo”. El segundo asociado con un círculo de interacciones que se traducen en un poder relacional y organizacional. En ambos casos, el dirigente trabaja sobre la tensión entre estos polos, intentando expresar su posición de poder en términos de una identificación substancializada con la “estirpe” a la que el club-emblema pertenece. Y en este contexto, la hinchada, es vista como un “correctivo”, una formación política que debe permanecer en estado de amenaza latente. Veamos ahora:
“Cuando yo era presidente, jugamos un partido internacional con un equipo de Chile, y bueno, vinieron acá los chilenos, y quemaron una bandera de Chile, acá la hinchada de…, hubo algunos problemas. A la semana siguiente viajábamos a Montevideo a jugar con Peñarol por una copa internacional, y yo dije: “bueno muchachos, ustedes hicieron este desbarajuste, para ir a Montevideo, “banquenselas” ustedes solos, el club no pone nada. Nosotros vamos ordenadamente, de esta manera no”. Y bueno, y era gente difícil que había que ir a poner la cara, todo… pero lo respetaban a uno. Como no había cosas raras, lo respetaban. Entonces aceptaron eso y se fueron a Montevideo por las suyas.” (ex-presidente de un club de primera división en la década del ´90)
Es interesante notar se trata del mismo dirigente que aparece como “negociador” y “mediador” al inicio de este sub-capítulo. Sin embargo, asociado con la experiencia concreta, el énfasis es menos deliberativo y mucho más disuasivo. Quiérase o no, aparece la idea de un poder paternal, en donde las prebendas ocupan un rol concreto en la relación con la hinchada. El “aguante” , categoría nativa propia de las hinchadas que ha hecho pie en las ciencias sociales, es traducida por este dirigente como un valor racional con reminiscencias aristocráticas e igualitárias. Imponer la lógica del “respeto, la transparencia y la horizontalidad” equivale a producir un lazo social pedagógico con la hinchada.
En definitiva, así como la violencia es una forma específica de sociabilidad intra y entre hinchadas - los dirigentes tienen como función conjurarla, apresarla y restituirla para en dirección al espectáculo en su totalidad. El verbo “espectacularizar”, al ser asociado con sus prácticas de construcción lideranza, significa “ayudar” a someter las pasiones al campo poético y recortado del estadio de fútbol. Esto implica atribuirle un sentido filosófico-político y significa atribuirle un lugar para la acción positiva en dirección a la institucionalidad como en los dos primeros casos citados, pero también significa asumir relaciones horizontales basadas en valores compartidos. Las hinchadas, o barras, no tienen, a nivel institucional, nada que ver con los discursos mediático. Por lo menos, si entendemos lo social, en este caso, futbolístico, más allá de los parámetros funcionalistas que estos quieren imponer. La conflictividad que la amenaza de la violencia encarna, es precisamente aquellos que habla de hasta qué punto el fútbol se transformó en un juego serio durante el siglo XX. Por qué la exigencia modernista acusa a los dirigentes mismos de asumirlo como tal, habla del elemento constituyente que el estatus del fútbol tiene hacia lo social, encarnado en la hinchada.
A la vez, esta tensión en la que tiene su lugar la violencia posible, y que el dirigente reconoce y objetiva como experiencia y discurso, coloca al hincha en la quimera de las esencias y del ser, y, lo hace, en el mismo momento y lugar (en un “plano de consistencia”) en que está siendo formalizado en el estadio como un equivalente al ciudadano, o sea el “plateista”, potencial dirigente y competidor (la platea, “los que votan efectivamente”). Esto permite ver las prácticas de los dirigentes, y no solo de los hinchas, como “campo de aplicación de otros horizontes rituales.” (Bromberger, 1995:339).
IV. Conclusiones
El mundo del fútbol, como tantas otras esferas de la vida social en las sociedades contemporáneas, se encuentra atravesado por fuertes tensiones entre lo global y lo local. La Federación Internacional de Fútbol Asociados (FIFA) y las grandes marcas se han constituido en actores centrales en la organización de los campeonatos locales de fútbol e impulsan discursos mediatizados con la intención de consolidar al fútbol como un espectáculo global regido por la lógica de la mercado y por la consolidación de los clubes-empresas. Sin embargo, esta compleja operación de reducción del fútbol a una mercancía cultural no resulta para nada sencilla en la medida en que como toda forma cultural éste engloba un conjunto de prácticas, tradiciones e identidades fuertemente arraigadas en acciones y representaciones sociales de quienes en el participan. Las violencias, son al mismo un emergente social asociado con la sociedad en su conjunto, como una modalidad de particularismo en que el fútbol ejerce su estatuto político.
Es evidente que el crecimiento de los hechos violentos en algunos clubes como el ejemplo de River y la disminución en otros, como el de Boca no están vinculados con componentes culturales intrínsecos de sus hinchas. Pero si es cierto que el discurso mediático tiene en estos modelos antinómicos relacionados con dos estilos de gestión que han procesado de manera diferente las exigencias modernizadoras, suficiente material para sustentar al menos parte de sus teorías y posturas con relación a la responsabilidad de los dirigentes y sobre la necesidad de modernización y profesionalización de los mismos.
La paradoja a la que nos enfrentamos es que la globalización no puede actuar sin cierta recuperación de la diversidad cultural en la que tiene lugar como tal, es decir, no puede establecerse en el tiempo, sin la manipulación de aquello que e el eje de su productividad real. Para ello, actúa hoy cosificando y reificando las identidades para evitar perder el control sobre sus flujos vitales. Ejemplos de la complejidad de este proceso a nivel de las naciones, son los “grandes eventos”, como la Eurocopa de 2004, donde en la uniformidad itinerante y organizativa al estilo de un “tradicional circo que se instala de ciudad en ciudad”, se funden e identifican los intereses económicos y los proyectos nacionales (Neves 2004: 70-78). Pero hay un tiempo cotidiano que subyace a estos “instantes épicos”, y es en donde los medios de comunicación se mueven. Y precisamente, las violencias allí clasificadas y reducidas, son, en parte, una forma de contestar a los parámetros que imponen a las culturas locales el mote de patrimonio, y luego, de mercancía. El debilitamiento de la nación como modelo de sociedad política y el fortalecimiento de los nacionalismos futbolísticos son parte de este mismo fenómeno. Desde los medios, el discurso tiende a obscurecer una interpretación que tenga en cuenta lo que representa el proceso de expansión real que el fútbol acompañó durante el siglo XX: las emergencia de las masas y las convulsiones sociales; en definitiva, el de la política como espacio a ser creado.
Por el momento, nos detenemos en las siguientes conclusiones:
1) La articulación entre el discursos dirigencia y el mediático tiene su especificidad en cuanto a la importancia de pensar en termisnos etnográficos.
2) La deficiencia más notoria en los discursos mediáticos e institucionales, es la exclusión en los mismos del sentido de esa acción simbólica denominada “violencia”. Las formas de sociabilidad de los grupos sociales acusados de ejercerla y sus modalidades de construcción de su “micro-política” son apenas entendidas como formaciones disfuncionales que ensucian, contaminan, pero que, sobre todo, ponen en peligro el control del espectáculo en nombre del “buen espectador”. Las medidas “evolutivas” y de “limpieza” que vehiculan así los medios radiales, son estructurantes de los intereses organizativos mercantiles.
3) Estas medidas tienden a explicar el mundo de la violencia en y del fútbol construyendo dos “modelos de gestión” contrapuestos, y que reproducen la dicotomía entre tradicional y moderno. La acusación que se hace desde los medios con referencia al “fanatismo” de las “hinchadas” es transubstancializada sobre el dirigente. Supone la existencia de una corriente de irracionalidad, pasión e irresponsabilidad que comunica ambos grupos, y que está en la base de las dificultades para “erradicar la violencia”.
4) Las categorizaciones y clasificaciones de las hinchadas de fútbol hechas por los discursos sobre las violencia en la radio, objetivan cotidianamente la mutación del hincha de fútbol hacia un espectador/consumidor, pero también se orientan a una explicación de la relación entre las emociones y la acción de un “ser argentino”. La tendencia hegemónica en la explotación del campo del fútbol profesional orientada para una militancia pasiva y disciplinada de los espectadores, conduce a los medios (radiales) a crear un estado de ánimo favorable para implementar medidas de discriminación y exclusión como si fueran naturales y las únicas posibles.
5) El “modelo Boca” de gestión ha sido fundamental para dar impulso al evento futbolístico transformado en un espectáculo mediático. El acceso a la “bombonera”, como en los estadios que se ha seguido este modelo, se ha vuelto restrictivo, a tal punto que gran parte del estadio es reservado a excursiones de extranjeros. Boca ha transformado su marca en un producto cultural digno de cualquier debate en el área de patrimonio. Así, no solo el espacio deliberativo formal de redujo, sino también, el espacio informal que se construye en torno a la vida misma del club. En el “modelo River”, las reuniones de Comisión para discutir públicamente diversos temas del club permanecen abiertas a los socios y en ellas se encuentran representantes tanto del oficialismo como de la oposición, teniendo inclusive presencia la propia hinchada, que allí es fragmentada en la categoría de “ciudadanos” en cuanto socios. Pero, este modelo se ha visto sometido al mantenimiento inestable de alianzas de “la barra” (dividida) con los dirigentes, hecho que ha sido “condenada” por los medios. En el “modelo Boca”, la exclusividad de un socio, que mayoritariamente se mantiene sin derechos políticos ha generado una des-identificación de la tribuna popular con la vida política del club casi a un grado cero.
6) Pero así como el espacio del estadio es un espacio político lato sensu, donde los participantes profieren y distribuyen “opinión” sobre los valores del juego, de los equipos y del emblema, que muchas veces deriva en violencias, el club como institución es un espacio político stricto sensu, donde el conjunto de valores que se ponen en juego en el estadio, toman sentido en el marco de una racionalidad política ancladas en la historia y la trayectoria de la institución, y en donde las hinchadas, tienen una materialidad. Esto justifica que sobre el plano dirigencial, cada vez más, desde los medios, se solicite una mezcla de notabilidad del siglo XIX con la moderna gestión del siglo XXI.
La “violencia”, tal como aparece en los enfoques mediáticos mencionados no es un objeto de estudio en si para sociólogos y antropólogos. O mejor, lo es apenas en cuanto a la razón práctica que adquiere en los discursos del sentido común y que, como vimos, toma forma pseudos-científica en los medios con consecuencias reales sobre las políticas públicas o las acciones que se emprenden y promueven desde distintos espacios estatales para “enfrentar el problema”. Tal como aparece entre ciertos dirigentes, el fútbol debe entenderse más como un conjunto de prácticas en cuya construcción ideológica se sustenta parte del sentido de las acciones de conflicto de tipo físico o simbólico que se intenta explicar mediante la categoría “violencia”. Aquello que es apagado en los medios permanentemente, o sea, el carácter político que tienen las hinchadas en la producción del fútbol como hecho social, se vuelve, sin embargo, evidente en las experiencia dirigencial.
Pero lo que no podemos dejar de ver, es que “… el fútbol surgió en la sociedad inglesa del siglo XIX, con los ingleses, su empire y el mercado mundial, el mundo entero. La génesis del fútbol moderno coincide en el tiempo con la época de la burguesía, en la que se verificó un invention of tradition” (Clausen 2006: 588). Y como afirma Sahlins en un devaneo sobre las diferencias cognitivas del juego-ritual del fútbol en sociedades frías o calientes, “la nuestra también puede ser una cultura, pero su forma se construye a partir de hechos, y el sistema autoriza a las personas a aplicar sus medios de la forma más ventajosa posible y certifica que el resultado sea una auténtica sociedad. Así la naturaleza del hombre parece consistir en ‘un deseo permanente e infatigable de más y más poder (…) y la sociedad seria solo su efecto colectivo, milagrosamente ordenado a partir de a contienda privada ‘como una Mano Invisible” (Sahlins 1997:56). Visto así, el desvanecimiento acelerado del núcleo comunitarista en la dirigencia de los clubes a manos de una lógica empresarial, que a veces remarcamos como si fuera “esencial” a la continuidad del espíritu del fútbol en Argentina, quizá, no sea más que una pretensión voluntarista por enfriar algo que ya ha pasado definitivamente por el fuego. No quiere decir sin embargo, que no se pueda o deba hacer el esfuerzo en este sentido, pero deberemos también dedicar otro tanto a interpretar las verdaderas razones que hacen coincidir hoy fútbol y mercantilización. Frente a los discursos mediáticos y las acciones globales, las violencias en las barras argentinas tienen si un sentido de conflicto dramático. Como bien mostró Etienne Balibar, esta violencias no significan necesariamente la resistencia y el deseo del cambio autónomo, y si posiblemente, un intento por ser incorporados a ese devenir donde lo inexorable no debería ser, precisamente, su exclusión “del juego social”.
* Sociólogo (UBA), Mestre em Antropología Social e Doutorando em Antropologia na Universidade Federal de Santa Catarina (Brasil). Pesquisador ad honorem Universidade Tres de Febrero (Argentina).
** Sociólogo (UBA), Mestrando em Ciências Sociais na Universidade de Buenos Aires (UBA), Professor e pesquisador da Universidade Tres de Febrero e da UBA (Argeninra).
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